El Manantial
The Spring
Publicado el 18 de noviembre de 2025
Published on November 18, 2025
Hay un lugar donde no hay ruido. Donde el cansancio se olvida. Donde las piedras del camino no son obstáculos, sino testigos. Ese lugar no está en un mapa. Está en la azotea de mi infancia, bajo el cielo de Cantillana, con una vieja radio que susurraba canciones de otro mundo, y yo, con la espatula en la mano, pintando en silencio mientras las estrellas me regaban con su luz fría y pura.
There is a place where there is no noise. Where fatigue is forgotten. Where the stones of the path are not obstacles, but witnesses. That place is not on any map. It is on the rooftop of my childhood, under the sky of Cantillana, with an old radio whispering songs from another world, and I, with the spatula in hand, painting in silence while the stars showered me with their cold, pure light.
No pintaba para ser visto. Pintaba porque si no lo hacía, mi alma se deshacía en polvo.
I did not paint to be seen. I painted because if I didn’t, my soul would crumble into dust.
En esos momentos, cuando la pintura se vuelve respiración, cuando el lienzo deja de ser soporte y se convierte en piel, siento que mis poros se funden con él. Mis manos no lo tocan. Lo atraen. Como si el color fuera un imán que llama desde dentro.
In those moments, when painting becomes breath, when the canvas ceases to be support and becomes skin, I feel my pores fuse with it. My hands do not touch it. They draw it in. As if color were a magnet calling from within.
Subo y bajo la espatula, no como quien pinta, sino como quien baila. Un baile lento, antiguo, donde cada trazo es un quebranto, cada pincelada, un suspiro. Y cuando el color se desliza, no es mi mano la que lo mueve. Es algo más viejo. Más profundo. Algo que vive en la tierra, en el Guadalquivir, en el aire que respira el Cerro.
I raise and lower the spatula, not as one who paints, but as one who dances. A slow, ancient dance, where each stroke is a fracture, each brushstroke, a sigh. And when the color glides, it is not my hand that moves it. It is something older. Deeper. Something that lives in the earth, in the Guadalquivir, in the air breathed by the Cerro.
Entonces, me pierdo. Me hundo. Y sé que estoy dentro del manantial. No lo busco. Lo siento. Como se siente el alma cuando llora sin lágrimas.
Then, I lose myself. I sink. And I know I am inside the spring. I do not seek it. I feel it. Like the soul feels when it cries without tears.
Los colores vibran. La mano responde. Y nace algo que no es mío. Nace algo que siempre estuvo ahí. Una emoción que no tiene nombre. Un dolor que no se nombra. Una sonrisa que no se ve. Un rojo que grita. Un amarillo que susurra. Y sobre todo… lo inacabado. La imperfección más hermosa. Porque en ella vive la vida.
Colors vibrate. The hand responds. And something is born that is not mine. Something that was always there. An emotion without a name. A pain unnamed. A smile unseen. A red that screams. A yellow that whispers. And above all… the unfinished. The most beautiful imperfection. For in it, life resides.
No pinto lo que veo. Pinto lo que siento. Y lo que siento es un erotismo silencioso: no lo que se muestra, sino lo que se insinúa. Una sombra en el hombro. Una mirada que se retira. Un reflejo en el agua. Porque lo verdadero no se grita. Se susurra. Y solo quien ha estado en la azotea, con la radio vieja y el corazón desnudo, puede oírlo.
I do not paint what I see. I paint what I feel. And what I feel is a silent eroticism: not what is shown, but what is hinted at. A shadow on the shoulder. A gaze that withdraws. A reflection in the water. For the true is not shouted. It is whispered. And only he who has been on the rooftop, with the old radio and the bare heart, can hear it.
En ese momento, cuando el pincel se vuelve llanto, cuándo los recuerdos de mi infancia me hacen dudar, cuándo los caminos duros me vuelven a mirar a los ojos… sé que estoy en el lugar correcto. Porque en ese silencio, en ese manantial, no hay juicio. No hay prisa. Solo el color. Solo la memoria. Solo el sueño.
At that moment, when the brush turns to tears, when memories of my childhood make me doubt, when hard paths turn to look me in the eyes… I know I am in the right place. Because in that silence, in that spring, there is no judgment. No rush. Only color. Only memory. Only dream.
Y ahí, en ese espacio entre el lienzo y el alma, es donde vivo. Donde nacen mis cuadros. Donde mi espíritu vuelve a nacer. Libre.
And there, in that space between canvas and soul, is where I live. Where my paintings are born. Where my spirit is reborn. Free.
Nadie me podrá quitar esto: mi capacidad de soñar. Soñar hasta que el color se vuelva palabra. Soñar hasta que el silencio se vuelva voz. Soñar hasta que un extraño, en una ciudad lejana, mire mi pintura… y sienta, sin saber por qué, que la ha sentido antes. Que la ha vivido. Que la lleva dentro.
No one can take this from me: my ability to dream. To dream until color becomes word. To dream until silence becomes voice. To dream until a stranger, in a distant city, looks at my painting… and feels, without knowing why, that they have felt it before. That they have lived it. That they carry it within.
Porque eso es lo que hago. No pinto cuadros. Pinto recuerdos que no se olvidan. Pinto el alma de Cantillana. Pinto el aire que respiré en la azotea. Pinto la voz de mi madre. Pinto el manantial.
Because that is what I do. I do not paint pictures. I paint memories that are not forgotten. I paint the soul of Cantillana. I paint the air I breathed on the rooftop. I paint my mother’s voice. I paint the spring.
Y si alguien lo siente… entonces, al fin, mi voz ha sido escuchada.
And if someone feels it… then, at last, my voice has been heard.